Bruma y Coral

 

     Siempre acompañé su vuelo,  desde el asiento contiguo o desde el suelo, pero allí estuve desde sus inicios, cuando fue por primera vez a una escuela de vuelo y ahora, cuando ya es piloto experimentado e instructor de vuelo. Fui su primer pasajera cuando rindió su habilitación para llevarlos. Hizo su primera travesía como piloto y sin instructor conmigo, confiando en su entrena­miento y habilidad.

     Volé con él cuando aún no teníamos hijas, y varias veces con las dos que ahora tenemos. No es la primera vez que subimos al cielo, pero hoy no se bien por qué, fue distinto.

     Las pequeñas subieron atrás con su tía y yo, en el asiento contiguo al piloto. Desde allí fui testigo privilegiada. Mis pequeñas golondrinas exaltadas festejaban el despegue, los giros, la vista, el aterrizaje, todo era motivo de jolgorio. El, concentrado y por momentos divertido, nos llevó por instantes a su otro mundo, aquel que añoró por tanto tiempo: el cielo.

     Rodamos hasta la pista de tierra,  abra­zados por el calor norteño y el encierro del pequeño avión, él hizo el chequeo de rutina, ceñudo, seguimos rodando hasta la cabecera, el giro diestro a la izquierda, las últimas comprobaciones y el carreteo veloz en busca del vuelo.

     El ruido de la hélice se hizo gigante, solo atemperado por los auriculares que todos llevábamos puestos. En un segundo ya estamos ascendiendo, nuestra hija mayor de cuatro años lo anuncia ruidosamente, la menor la imita mientras mira hipnotizada por la ventana cómo nos alejamos del suelo. No sienten miedo al remontar el vuelo, ese es su legado más íntimo.

     Ascendemos, miro a mi derecha y veo el sol rojizo, escondido detrás de unas nubes mientras la tarde se adueña del cielo, despliega luces difusas protestando por verse perdido. Las nubes se corren y dan paso a la esfera coralina que arroja su fuego furioso, se refleja en las alas del pájaro que nos sustenta. Alrededor el cielo es brumoso, pacífico y cetrino. Los giros son leves, diestros y cuidados,mis palomas miran el suelo y tejen fantasías. La bruma sutil divide el aire en distintos tonos blanquecinos, azul intenso, grisáceo, más allá los naranjas y rojizos del sol que se empieza a despedir. Color de bruma y de coral que nos envuelve.

     Miro unos instantes hacia el interior de la nave, veo la consola en frente, llena de indicadores, perillas, relojes y gráficos que él vigila en forma constante.

     Nos mira, primero a las nenas y se sonríe, se vuelve hacia mí y veo sus ojos oscurísimos iluminados por el orgullo. Comparte con nosotras su alma y siente que lo disfrutamos.

Verónica Gabriela Hans de Dorrego